Una de esas mañanas de sábado, en las que interrumpía a abrazos un libro o un desayuno, descubre por la ventana del living un negro humo. Le hablo de la fábrica de nubes. De sus misteriosos operarios y las máquinas que conducen. De su milenaria historia y los reyes que quisieron apropiarse de la receta. La hago participe del secreto, haciéndole jurar que romperlo será fatal para el destino de todos. Se pone seria y asiente. A los diez minutos, vuelve con su madre y hermano. Frente a la ventana explica con detalles de ingeniera. Hoy, están haciendo solo de tormentas.
El humo, las calles, su tránsito y el colectivo. Los baches de Circunvalación, el Monumento, sus mujeres, nuestro insomnio. Las despedidas, los personajes, esa esquina. Vos. Historias Mínimas
sábado, 14 de marzo de 2009
La Fábrica
Una de esas mañanas de sábado, en las que interrumpía a abrazos un libro o un desayuno, descubre por la ventana del living un negro humo. Le hablo de la fábrica de nubes. De sus misteriosos operarios y las máquinas que conducen. De su milenaria historia y los reyes que quisieron apropiarse de la receta. La hago participe del secreto, haciéndole jurar que romperlo será fatal para el destino de todos. Se pone seria y asiente. A los diez minutos, vuelve con su madre y hermano. Frente a la ventana explica con detalles de ingeniera. Hoy, están haciendo solo de tormentas.
domingo, 1 de marzo de 2009
Ribadelago II
Eloína, en Ribadelago aún es la hija del cartero. Al otro día de la tragedia, sin tomarse tiempo para nada, tomo su saco, y salio a repartir la correspondencia del pueblo como si nada hubiese pasado. No hubo tiempo para preguntas ni lamentos. No hubo tiempo para lagrimas entre tanta destrucción. Creció escuchando a su padre, y la importancia de las cartas en un pueblo de seiscientos habitantes. Alejado de todo. Donde las novedades llegaban a través de esa vía. Respirando en el frío lugar es imposible imaginarse a esta mujer. Esquivando escombros, muerte y agua. Buscando direcciones que ya no existían. Preguntando por familias enteras que fueron enterradas en lo profundo del Lago de Sanabria. Caminando con un saco lleno de cartas y pena. Un día después de haber perdido casi toda su familia.
En un estante del salón hay fotos de sus nietos. A la derecha, sonríe a color una hija recién casada y asoma una antigua revista en blanco y negro. Supongo que quién firma la noticia, habrá quedado sorprendido de la historia y sintió la obligación de trasmitirla. Cincuenta años después, la obligación es mía.
viernes, 13 de febrero de 2009
Especulaciones
Si esta mañana de frío tu sombra se mezclaba con la de los edificios que rodean la plaza mayor, esta reunión no duraría 25 inviernos y yo estaría pendiente de mi reloj. Cada cinco minutos. Con miedo a que te canses de esperar, en el bar que quedamos.
Tal vez, el Ministro de Economía y Hacienda Solbes, no me aburriría adelante del televisor, si fuese tu ropa la que esta acomodada sobre mi cama. Y no esa pila de toallas limpias, en esta habitación 313. De un vacío tercer piso de hotel.
La presentadora del tiempo, anunciaría días de 18 o 20 grados, si son tus tacos los que retumban en el piso de madera. Yo recomendaría un buen lugar para conocer, y no haría rulos como los que hago. En el margen derecho del cuaderno. Porque el bolígrafo no funciona.
martes, 10 de febrero de 2009
Llamada.
Las putas colombianas bajan sobre la tardecita. Antes de negociar besos, en la larga noche de garitos del barrio de la lana. Preguntan por sus hijos. Enredan su dedo índice en el cable del aparato. Inclinan sus cabelleras tenidas y, mientras pierden su vista en el suelo, sueñan con tardecitas made in García Márquez.
Hay algunos africanos que por la tarde, venden productos tan ilegales, como sus papeles. La policía, mira para otro lado, si el Armani, les es convincente. El sol los empieza a dejar solos, y hablan en algo que suena a francés. Sus amplias sonrisas iluminan la cabina.
Cuentan monedas, unos gemelos de algún lugar de Europa del este. Llegaron hace un par de años, y su acordeón es la banda sonora de las tardes por la Santa Clara. Vi sus rostros en unos afiches por el centro. Están por hacer unos conciertos en la ciudad, y esa será la noticia que alegre a su madre, cuando terminen de contar monedas.
A las seis de la tarde ya es de noche, en este invierno español. A medida que salen de sus empleos la gente se va acercando a la esquina. Y en la fila, esperan -manos en los bolsillos-, la señora portuguesa del hotel, el encargado peruano de un bar y la maestra argentina. Nadie pone mala cara ni apura, si la conversación viene para largo. Todos saben lo importante del momento. Es que en esta cabina, que funciona a euros y abrazos, se festejan navidades y la llegada de nuevos años. Noticias de embarazos y cumpleaños. La muerte también. Avisa al oído con monedas de a veinte céntimos, en esta cabina.
Yo, paso todos los días por esta esquina. Esperando que el teléfono suene. Esperando que sea para mí.
lunes, 2 de febrero de 2009
Ribadelago
Con pesetas se pagaron a los muertos. 95 mil por hombre. 80 mil por mujer. 25 mil por niño.
Con miedo se pagó el silencio. Nadie acusa en el pueblo a los ingenieros de la hidroeléctrica Moncabril. La administración franquista, lleva sus cuentas al día. Cincuenta años después.
Aquel Ribadelago, vive hoy en conversaciones. Esta habitado por escombros y fantasmas. Pequeños de manos embarradas, te señalan donde jugaban, o donde no despertaron jamás. Mujeres piden abrigo por las calles vacías. Los 18 grados bajo cero de esa noche, aún les duele en el cuerpo. Hay tipos que se siguen buscando. Escuchan que alguien los llama en la puerta de alguna casa. Temen no poder ir, temen ya no estar ahí.
Y es que todo gira alrededor de agua derramada cuando se habla de Ribadelago. La que ayer destruía una presa y muchas vidas, hoy devuelve historias. Humedeciendo los ojos de quiénes recuerdan. Ya no arrastra desesperación y ahogados gritos de ayuda. Salpica recuerdos, y corre la tinta negra de este cuaderno.
Casa
Le decimos casa, porque una noche, el aroma de empanadas fue invadiendo el cuarto piso, y nos quedamos sin hielo para el fernet. Porque vienen a cenar familiares, amigos y socios con abono por temporada. Y decimos que pasen por casa, que vamos a estar ahí.
Si, casa. Porque nos resulta cómodo y porque esta noche nos quedamos hasta tarde, viendo una de Darín en la Dos.
En sus paredes, cuelgan fotos de otros que nos fueron formando, y nos hicieron lo que hoy somos. Por eso, pueblan las paredes de esta casa.
Si la sentimos tan casa, es porque en los estantes del salón hay un libro de Sábato, y los domingos se escuchan tangos de Adriana Varela desde la planta baja.
Es bueno justificar que no usamos cualquier palabra para referirnos a este lugar. Decimos casa, porque se extraña, de uno y otro lado del teléfono. De móvil a celular.
Es casa, porque el contrato con la inmobiliaria lo firmo ella, y los impuestos vienen a su nombre. Pero también, porque a la tarde se toma mate, porque hay una lamina del Monumento a la Bandera apunto de ser colgada, y porque nomás girar la “lliave” que abre la puerta, vuelve a ser “shave” que dejamos arriba de la mesa.
Es casa. Porque en esta noche que nieva afuera de sus ventanas yo estoy abrigado, a bordo de mi cabeza, cruzando sin mirar la calle Sarmiento.
Vivo en el numero siete.
miércoles, 21 de enero de 2009
Crísis

Los momentos de crisis agudizan la imaginación. Los tres millones de parados en España le ponen número a la portada de El País. En las puertas de la Oficina de Empleo, el noticiero de Antena 3 muestra la cara del monstruo, de frente y a las dos de la tarde.
El resto, los que aún conservan su trabajo, siguen llenando los bares del centro cuando finaliza el día. Y hasta la barra del Avalon llegaron estos cuatro mariachis, después de andar haciendo rancheras por ahí. Con sus trajes e instrumentos. Con sus penas y sombreros.
Sobraron las presentaciones para que la palabra más nombrada en estos días haga eje en la conversación. Nuestras actas de nacimiento, hablaban de lo mucho que sabemos del tema.
La conversada noche, esa que empieza a las seis de la tarde (en este impensado invierno de diciembre) solo se veía interrumpida por hombres-víctimas de otra crísis que no ocupa lugar en ningún períodico. Las del corazón. Llegaban hasta los músicos de a dos o tres condenados. Y pedían una para la morocha más guapa del bar, o cualquier bolero para la de falda bordada. El más desesperado gritaba, y se arrodillaba. Exigía “Si nos dejan”, para una rubia que se ponía el abrigo, con el rimel aún humedecido.
Con los músicos fuera de su horario de trabajo, agudizaban la imaginación los hombres-víctimas. Y ofrecían lo que no tenían por algunos acordes. Sobre la mesa, dinero. Testamentos, llaves de coches alemanes. Cheques en blanco. Por último, y sin fe, una ronda de cubatas.
Salí del bar caminando a esta ciudad de piedra, sin conocer al mariachi que se negara a cantar frente a una dama, cuando la causa era noble. Y mucho menos al que dijo no, ante una copa en la barra.