sábado, 29 de mayo de 2010

Locos

La Patria, de Lola Mora

Se escapan los locos de la residencia de calle Santa Fe. Agarran Córdoba y caminan rápido y con pasos cortos. Entre las miradas de los que toman café y las mesas de los barcitos. Entre esas dos cosas, caminan rápido.
Pasan del viejo edificio del Correo, porque ya nadie les escribe. Pasan también de la Catedral, porque ya nadie les reza. Se sientan al lado de La Patria, de Lola Mora.
Uno le promete llegar a caballo y llevarla a cenar a un lugar limpio. El otro promete volver mejor peinado y sacarla a bailar. Se putean entre ellos.
Cuando los turistas llegan al Pasaje Juramento con cámaras, botellas de agua mineral de litro y sombreros extraños, los locos le piden monedas y cigarrillos.
Las monedas son para comprar un abrigo a la inmóvil amada. Para que el otro no le mire las tetas. Los cigarrillos, para fumar abajo del agua que los separa de ella.

domingo, 14 de febrero de 2010

Homenaje.

San Lorenzo y Paraguay, hoy por la tarde.
La idea había surgido de un viejo artesano del barrio Pichincha. Cansado de escucharte nombrar y no verte. En los ámbitos más selectos de la escena cultural, o entre las mesas de los bares más oscuros de la ciudad. El monumento a la mujer que roba las noches, se levanta en la esquina de San Lorenzo y Paraguay.
Te capto con cincel. En tu habitad, allá en la altura. Colgada de los techos del insomnio. De aquellas habitaciones, en donde nunca dejaron de soñarte. Los que te tuvieron en los brazos.
Te recreó a escala. En peso, estatura y alma. De piedra, como alguna vez te dije. Y siempre al borde del precipicio.
Camino todos las noches rumbo a tu mezquita ardiente. Y soy uno más, entre todos aquellos fieles que lamentan no ser la voz que reconozcas familiar al otro lado del teléfono y te robe una sonrisa. No saltes sin mí. Y también nos sentimos inútiles. Porque no son nuestros, los brazos que te aguardan si es que algún día algo, te hace caer en la duda.
Llega el amanecer y los gerentes que van al banco, nos esquivan con asco. Varios se despiertan sobresaltados. Yo termino mi ofrenda de tinta y más allá un señor mayor, sacude la espalda de su abrigo. Otro mira su reloj, y aquel sobre la puerta dobla una vieja frazada, te hecha una última mirada y se pierde entre la gente que espera, para cruzar la calle.
La noche llega al fin y aquellos que decidieron pasarla en tu esquina y soñarte en vivo, vuelven a su vida de oficina, café y reuniones con desconocidos. Y ojeras.
A modo de despedida, te ofrecemos como siempre el colchón de pétalos. Puede ser que en esta gris mañana, decidas por fin saltar. La esquina ya esta ocupada por el vendedor de flores. Y quizás hoy, nos ofrezca una rebaja.

sábado, 30 de enero de 2010

Gardel


Gardel nació dos veces. Una, la oficial, fue el 11 de diciembre de 1890 en Toulouse, Francia. La otra, más de entre casa e hija del rumor con el que se construyen las buenas historias, en Tacuarembó algunos años antes. 1887, uruguayo.
A los dos años y medio ya jugaba por las calles del barrio del Abasto. Porteño y caradura. En 1923, se nacionalizo argentino y diez años después llego a Rosario. Colmó las localidades del teatro Broadway y al finalizar el concierto, fue agasajado por la Alianza Francesa en la ciudad.
Allí, en plena cena, creyó volver a ver a Ana, a quién ya había vislumbrado sentada sobre un sector de la platea, junto a la hija del embajador francés y sabe dios quién más. Movió algunas sillas, tomo dos copas y se acercó hasta donde estaba ella. Le ha gustado el concierto. ¿Usted canta? Me pareció verla en la platea. No era yo. Disculpe, no quise molestarla. Deje la copa, por favor y siéntese, que estas fiestas suelen ser muy aburridas. ¿Así que usted canta?
Hablaron y rieron. El, mostro sus títulos y ella se mantuvo indiferente. De vez en cuando se quitaba el pelo de la cara y eso a el le gustaba. Hablaron y rieron. En esa hora en que nadie se acuerda de nadie y los mareados se llevan abrigos con los que no llegaron, se escaparon del lugar.
Caminaron por Laprida hasta el rio y el insistió en acompañarla hasta la casa. Por la calle Salta, algunos trasnochados que andaban por ahí, lo vieron pasar. No, no podía ser el. Otros, ante la duda lo saludaban y el respondía amable. Adiós muchachos. Buenas noches señora. Aquí, acompañando a la señorita, que no son horas para una mujer bien, verdad?.
Se detuvieron frente a la puerta de un pasillo de calle Jujuy. Casi llegando a Callao. Allí, el cantor de los cien barrios porteños, volvió a ser un pibe. Y enamorado, prometía más conciertos en Rosario. Cantar, todas las noches en el Broadway. Infinitamente, hasta que usted, Ana me acompañe. Aunque no venga nadie y me quede sin voz. Hasta que mis músicos renuncien y los diarios olviden. Gratis, en esta misma calle. Ana, venga conmigo.
Un farol de luz se prendía y apagaba con el viento.
Ana sonrió. Balbuceo que era tarde y que su padre debía estar preocupado. Ante el beso final, corrió la cara, apoyo su mano en el hombro de Gardel y le dijo que se vaya. La comprometía.
Gardel murió dos veces. Una en 1935 en mitad de una gira por el Caribe, en el Aeropuerto de Medellín, el 24 de junio de 1935. Los que lo conocían, aseguran que fue antes, en 1933 después de un concierto en Rosario. Bajo un farol que se prendía y apagaba, una puerta se cerraba.

martes, 12 de enero de 2010

Penumbras.


Mientras el gerente de la Empresa Provincial de la Energía le echa la culpa al tiempo y a los peligrosos efectos que produce el calor en los generadores de alta y media tensión de la ciudad. Mientras que el Intendente intenta llevar tranquilidad a los ciudadanos y prometer que el servicio energético volverá con normalidad "deunmomentoaotro". Mientras que los vecinos se quejan del calor, llenan las calles de puteadas y linternas y más puteadas y los diarios ya amenazan con el cronograma de cortes de luz prolijamente separado por zonas, un grupo minoritario de hombres, reza.

Reza este grupo de románticos. Y enciende velas sobre una mesa con dos copas y vino tinto. Porque ella, esta a punto de salir de la ducha y la cena esta casi lista. Ruegan porque el corte, dure algunas horas más. Y también, ensayan oraciones. Para que el nuevo dios Gitano, les conceda "Porque yo te amo". En esa pequeña radio a pilas. Cubierta de polvillo. En el último estante de la cocina.

martes, 18 de agosto de 2009

Fuego.

Silencio! Hospital... by Emi, en Flickr

En Paraguay 40 se encuentra el Sanatorio Británico. Allí funciona en Rosario, el centro de atención a heridos por el fuego más complejo de la ciudad. Es el Instituto del Quemado. Todos los días, los médicos del lugar atienden diferentes accidentes. Heridos. De un incendio en zona sur, la explosión de una maquina en Acindar o un accidente doméstico.
Hubo una noche en que llegué hasta el lugar. Golpee la puerta de la oficina de guardia.
Herido otra vez.
Es que intente acercarme demasiado. A ella.


martes, 4 de agosto de 2009

Tobas



El chofer ponía sus ojos en un espejo con la cara de Garfield. Su voz, en el pasillo. Atrás hay lugar. Y las quejas se movían pesadamente, habitando unos cuerpos abrigados que no entran en ninguna parte. Sobre la puerta de adelante, asoman dos mujeres tobas. Y un niño. Dos mujeres tobas y un niño, cubierto con muchas frazadas de colores. El niño lloraba y su llanto fue sirena. Se abrían paso estas dos mujeres y el pequeño, entre tanta bolsa del supermercado, mochila de escuela y cartera de mujer paqueta.
Imagino que eran madre e hija. O abuela y madre a partir de anoche. O la noche anterior quizás. Era la esquina de la Maternidad Martín. Donde empieza la vida.
Poco habituado a esto de viajar apretado, el niño no paraba de llorar. Quizás, unas seis calles y la señora paqueta empezó a molestarse, mirando fijamente a la joven madre, esperando que apague al recién nacido. Como un celular en una reunión importante.
Siete calles más y la abuela toba comenzó una canción. Una canción de cuna. Y era tan dulce ese cantar despacio de la señora, un poco tarareando y otro poco en su lengua original, que todo se volvió silencio. El bebe se durmió entre sus frazadas de colores y por las ventanillas de este 142, entró el sol de los domingos al mediodía. Aunque es jueves, hace frío y esta oscureciendo.
El resto de los pasajeros, veían pasar las esquinas donde debieron bajar con una extraña melancolía. A ninguno se le ocurrió mirar el reloj. Nadie abandonó ese colectivo durante el cantar. Nadie se animaba a tocar el timbre. El chofer hizo su recorrido lento. Eterno.

Descendí por la puerta de atrás como lo indica el cartel. Dos paradas después que la nueva familia. Como lo indicaba el momento.
Hay días, que el boleto de la ciudad es el más barato del mundo.

jueves, 23 de julio de 2009

23 de julio.


A todos los que vienen siguiendo este humilde caminito de tinta, muchas gracias. Un año ya, con la misma birome.