lunes, 25 de mayo de 2009

Rosariazo - II

Peatonal Córdoba al 1300. Portón negro, ex galería Melipal/R.M.

Unos segundos sin saber donde estaba. Aturdido es la palabra. En la esquina, algunos chicos me intentan levantar y lo logran. Ellos doblan a la derecha en la que hoy es peatonal Córdoba. Yo sigo por Corrientes. Hasta que me escondo en la entrada de un edificio. Y empiezo a llorar.
En dirección opuesta a los estudiantes que escapaban, desde la calle Entre Ríos, otro grupo policial los encierra por Córdoba. Algunos se esconden en la galería Melipal que aún no contaba con salida por Corrientes. Aún no cuentan con salida. La policía ingresa. Agitación, desesperación. No pegues. Sos vivo pendejo. Soltame. Milico. Es una mujer. Largala. ¿Ahora lloras? Hijo de puta. Hijo de puta. Hijo de puta. Estampido y relámpago. Sosteniendo el arma, el oficial Lescano. Con un balazo en la frente Adolfo Ramón Bello. Estudiante de Ciencias Económicas. 22 años. Muere en el Hospital Central Municipal.

Rosariazo - I

Comedor universitario. Hoy, facultad de Humanidades y Arte en remodelación/ R. M.

Córdoba y Corrientes. Las noticias llegaban desde Córdoba y Corrientes. En la primera, 3500 operarios de la industria automotriz, se oponían a la eliminación del “sábado inglés”. La policía reprimía y detenía. En Corrientes, tras una manifestación estudiantil, por un aumento del 500% del vale del comedor universitario, Juan José Cabral de medicina muere de dos disparos en el pecho. Otra vez la policía, con mejor puntería. Córdoba y Corrientes. 14 y 15 de mayo.
Rosario. Reacción inmediata, comedor universitario. Corrientes al 700. Griterío, dudas, mayo francés, Cuba y su joven revolución. Algo hay que hacer. Se corta el tránsito en la puerta del comedor. La policía intenta reestablecer el orden. Aparecen por calle Santa Fe. Pánico. Gas lacrimógeno. Desesperación. Llanto. Miedo. Bastones largos. Corro hacia la esquina. Algo me golpea, miro a mí alrededor.16 de mayo.1969. Córdoba y Corrientes.

domingo, 17 de mayo de 2009

Mario Benedetti.

14.sept.20 - 17.may.09
«Mi táctica es mirarte, aprender como sos, quererte como sos. Mi táctica es hablarte y escucharte, construir con palabras un puente indestructible. Mi táctica es quedarme en tu recuerdo. No sé cómo ni sé con qué pretexto, pero quedarme en vos. Mi táctica es ser franco y saber que sos franca y que no nos vendamos simulacros, para que entre los dos no haya telón ni abismos. Mi estrategia es en cambio más profunda y más simple. Mi estrategia es que un día cualquiera no sé cómo ni sé con qué pretexto por fin me necesites»,

Cádaveres


Cuelgan, desde hace un tiempo por calle Corrientes. Cadáveres de letras. De noche, cuando hay viento desde el lado del río, giran en circulos haciendo más tensa la cuerda en el cuello. Algunas tienen los ojos cerrados. A otras es difícil mirarlas a la cara porque sus gestos ahogados, de último respiro, asustan a los peatones. Y las madres les tapan los ojos a los niños, cuando pasan por allí. Fueron sentenciadas al amanecer, cuando empezaron a volverse inútiles. A la vista de porteros que limpiaban vidrios. Barrenderos que detuvieron la marcha para ver el cruel espectáculo. Los panaderos abandonaban sus puestos y preguntaban por los motivos de las ejecuciones, mientras sacuden harina de sus manos.
Habían sido detenidas por intento de robo. Agravado por uso de armas. Utilizaban acentós donde no correspondía. A veces, intercahlaban haches para lograr que la victima distraída, se detuviera. Aparecían de noche. Sabían que la resistencia era menor en la oscuridad. Intentaban robar unos ojos. Si. Tus ojos.

viernes, 24 de abril de 2009

Odio ambulante


Llegando a la Terminal de Ómnibus. Siempre el mismo vendedor ambulante, sobre el 120. En sus manos alfileres. Completísimos conjunto de ciento cincuenta alfileres. Prácticos. De diferentes colores. Todas las medidas. Para la mujer de hoy. El regalo ideal para la abuela. De excelente material inalterable en su composición. Factible de utilizarse en diferentes superficies. Con un precio de calle hasta tres veces mayor, al que hoy, a bordo del 120 nos viene a ofertar.
Confieso. Me preguntaba sobre la real utilidad de ciento cincuenta alfileres. Hacía cuentas y el viaje más rápido, redondeando sumas acerca de las ganancias de aquel tipo.
Confieso. Hasta ese martes. En que la colegiala de mirada y pollera gris sentada a mi lado, compró un práctico, completísimo y útil conjunto.
Despacio, sacó una foto de su carpeta en la que se veía sonriendo junto a alguien. Lentamente comenzaron a caer sobre la imagen de él, lagrimas. Olvido. Y alfileres. De punta. Uno a uno.

lunes, 13 de abril de 2009

Café literario


Bajando por Mitre, desde el centro de la ciudad hasta el río, existe una pequeña librería pegada a un café. Los locales en cuestión, comparten la pared. Sus dueños, la mesa. Sobre la vereda, durante el almuerzo.
Entre ruido de tenedores y coches, discuten de fútbol. De economía y política. Gritan y se enojan. Hacen respetuoso silencio. Y acompañan con la vista cuando las chicas de quinto año salen del colegio. Toman su vinito y su descanso.
Algunas tardes, con los platos sucios y las servilletas de papel abolladas sobre la mesa, no saben bien que es lo que se extiende. Si la charla, o el vino. Entonces, se levantan con dificultad de sus sillas, se despiden e ingresan a los locales incorrectos.
Y es ahí, cuando el dueño del bar te invita con un rico café, mientras uno se pierde en las estanterías del pequeño local de libros usados. Es verdad que la búsqueda se hace más amena. Como también es verdad que los empleados del correo preguntan por libros inventados, a cambió de uno. Con tres de azúcar. De las chicas. Por favor.
Al lado, el otro, el de la librería, se niega a servirte un café en jarra. Apoya los codos en la barra. A cambio, recita poemas de Rodolfo Serrano. Con ojos cerrados.


"Nos dicen que la vida es un instante.
Y sin embargo,cuando no estás,
es un noviembre entero (y sin domingos)"

viernes, 3 de abril de 2009

A diario.


Llega a su puesto con el sol. Ambos son empleados puntuales. Ordena los matutinos del día, y se llena las manos de tinta negra. Lee los titulares antes que nadie, y ahora son sus ojos los que se oscurecen. Los aprende de memoria y los sufre. Serán el grito de la mañana entre los autos de la esquina. Santa Fe y Entre Ríos. Mientras dure el rojo del semáfo. Dos o tres minutos.
Durante toda la mañana. Dos o tres minutos. Cuando las señoras aprovechan para cruzar la calle tranquilas. Calor de pavimento. Un Clío azul, compra la muerte de un trabajador después que le robaran la moto. Humo de motores. Al lado de un colectivo, un Fiat se lleva la desaparición de una nena en Córdoba. Bocinas por todos lados. Gritan desde un BMW. La Nación y la pena de muerte. Insultos de ventanilla a ventanilla. Sube el dólar, los casos de dengue y el odio. Alguien pidió La Capital. Dos o tres minutos.
Muchos dos o tres minutos. Y el sol del mediodía empieza a asesinar la esquina. El pibe se deshace de las últimas malas noticias. Ella asoma por Santa Fe. Camino a su trabajo. Desaparecen los autos, y el humo de la calle se retira humillado. Los hombres se vuelven sombras de sus sombras. Las bocinas enmudecen y solo hace eco en el pavimento su caminar apurado, los suspiros de ocasionales testigos. Y los insultos al reloj. Convenientemente, el semáforo da tres luces celestes. Como en el tango.
Nervioso. En una mano los diarios. Con la otra se va peinando a las apuradas. Susurrando, él la sigue: “Sabías rubia, que el helado no engorda…unos tipos en Alemania…científicos, creo…mira página diez”. “Acá, fíjate. El calendario occidental es mentira. Estudio antropológico de la Universidad de Salamanca…en serio, ¿a que escuela vas tan apurada? “Ofrecen recompensa por tu cuerpo. Te buscan viva, se quedaron cortos con el dinero”.
“Hoy estas más hermosa que nunca, ¿lo sabías? Lo dicen las encuestas”.
Llega a destino y fín. Ella se pierde en una puerta. Alguna vez el banco hizo lo mismo con los ahorros. Secuestra a la rubia con la misma rigidez entre sus rejas. En ningún momento lo distinguió de la escenografía de la esquina. Del bache a mitad de calle. De aquel árbol o ese bar. El pibe cree que le roba una sonrisa con sus noticias. Ella sabe que son de ayer.