miércoles, 21 de enero de 2009

Aquí


“Los incautos son hijos del país”, decía González Tuñon. Enrique González Tuñon. Y continuaba. “El argentino –por ejemplo- quiere deslumbrar a París con su elegancia, es el inventor de la gomina”

Mi criollo plan después de dos años de no estar, era sorprenderla. Opte por llegar de mañana a esta ciudad de parpados caídos. Bien temprano, casi de noche, para agarrarla desprevenida y despeinada, tomando café.

Fue imposible. Zamora es mujer, y siempre termina sorprendiéndome. A las pocas horas me hizo salir de la habitación del hotel, para mostrarme la nieve, que yo no conocía. Y después me abrazaba esta ciudad, con los brazos prestados de quienes la habitan ocasionalmente. Y me explicaba, con tono de maestra que las distancias no existen. Y que el tiempo, es algo loco, un tópico temático, para que las viejas hablen en la peluquería o en la fila del supermercado.

Y ya salí a caminarla. A perderme por sus callecitas de laberinto. A mojarme con su Duero o tomarme un buen tinto en sus oscuros garitos. En uno de esos paseos, le confesé que los lunes al mediodía, en la esquina de San Luis y Corrientes, me daba por pensar en ella y en este silencio.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Maleta



Descaradamente solo a once mil pies de altura. Girondo en el bolso de mano. Enredado entre charlas francesas, italianas y alguna parte de Alemania. Vuelvo a mirar las maletas y no me olvido de nada. Vuelvo a cerrar los ojos y no me olvido de nada.

martes, 2 de diciembre de 2008

Necesidades

...Despúes de la foto y de la moneda, el viejo me guiño el ojo...


Es martes temprano, y hace frío por ser diciembre. Rosario amanece repleto de necesidades. Por ejemplo, en España y Rioja un taxista necesita cambio de cien, mientras la pasajera espera de mala gana. En un estudio de abogados de calle Paraguay, el doctor, necesita urgentemente un legajo aburrido sobre su escritorio. Su secretaria necesita vacaciones en cualquier lado. El cajero del banco Municipal necesita dejar de fumar y fuego, que le brinda el policía de la garita.
En el pasaje Álvarez, un contador necesita leer una buena noticia en el diario, que lo lleve a una playa. A dos cuadras de ahí una rubia necesita toda una tarde con su perra en el parque. También necesita que paren las llamadas que atiende desde Catamarca o Jujuy.
Arriba de un 101, una embarazada jovencita necesita un asiento y detrás de la ventanilla, una parejita en uniforme de escuela, se necesitan.
Por calle Sarmiento, y en una habitación del Pami llena de sombras, un hombre necesita despedirse de su mujer. Ya no puede hablar, le dice que la va a extrañar apretando fuerte su mano a la de ella.
Cerca del ciego que necesita ver a la dueña del perfume que lo hace soñar a colores, en San Martín y Córdoba hay varias necesidades frente a frente.
Arrodillado en el piso, un pibe necesita de un abuelo. Aunque sea de goma espuma. No le importa. Necesite que el abuelo le cuente historias viejas. Que le silbe tangos de Julio Sosa, y tenga los bolsillos siempre llenos de caramelos. Que lo lleve al parque Independencia y lo haga reír.
Frente a él, un artista callejero necesita del pibe. Necesita que alguien crea en su magia, para que el clima aparezca. Para que la gente apague el celular y se quede a escuchar al viejo. Y el pibito lo logra.
Y yo, que a veces me despierto descreído de todo, necesitaba de encontrarme con algo así. Una fría mañana de diciembre, como esta. Me quedé a escuchar al abuelo del pibe, y a comer caramelos. La cámara, justo estaba en mi bolso.

Agenda



La amarillenta nota fue hallada por una mucama, la primera en encontrar el cuerpo. Se supo que de joven, el tipo había estado alojado en el hotel, con una rubia champagne. Ella lo había dejado una noche como esa, pero de varias décadas atrás. La Capital del día siguiente publicó la carta sin nombres ni fechas, por expreso pedido de la familia.

“Alguna noche, en treinta o cuarenta años, voy a regresar. Sin la carga de mi dudoso buen gusto y con el perdón de los años, haré dos cosas. Usar sombrero y empezar a fumar. Después de estar haciendo cosas por ahí, buscaré la forma de escapar de esas caras nuevas que van a burocratizar esa vida que estaré llevando. Voy a caminar por esta misma subida. Maldiciendo ese mismo dolor de rodilla que la primera noche te ofendió.
Me alojaré en este mismo hotel, bajo la única condición de tener la mejor habitación. Durante la cena, cuando el salón este lleno de turistas extranjeros, de murmullos internacionales y de mozos sin descanso, voy a atravesar ese comedor y me sentaré al piano. En cinco minutos y veintiocho segundos, voy a desarrollar lo aprendido con la Señora Ana, durante los últimos 7 años. Ya nunca más mis manos tocarán de nuevo. Voy a pedir un brindis por vos, y por esa noche. De hace treinta, o cuarenta años atrás.”


Nota: Al enterarse de la historia en el diario, todos hicieron la misma pregunta sobre esa noche. Los mozos con más antigüedad del lugar, tararearon algo así, como respuesta…
http://www.youtube.com/watch?v=TbXO4cD2TLo&feature=related

sábado, 15 de noviembre de 2008

Subte


Supongo que con el tiempo vendrán las respuestas, de porque viajé a Buenos Aires ese viernes.
Sobre la vereda, se escucha la balacera diaria. Y todos corren desesperados. Armados con maletines y sin cascos, agitados alcanzan el ingreso del subte como la trinchera de los aliados. Entonces, te veo arrinconada leyendo a Girondo en un viejo vagón de la línea A. Entre tipos que te miran disimuladamente. Sos completamente vos, cuando pasas de página, y escribís frases cortitas al margén, con un lápiz sin punta. Que tras ser lápiz, vuelve a ser broche de tu pelo enredado. Y me mirás, y me elegís a Cesar Vallejos, a Girondo, o González Tuñon, porque crees que me va a gustar, y tienes razón. Y me contas, con entusiasmo que este es peruano, que aquel viajo a Paris sin un mango, y el de la tapa del libro negro, es un burgués de vacaciones. Y lo relees. Y no crees que escriba eso en los años treinta. Y yo no creo estar ahí. Y pasan las estaciones. Pasco, Congreso, Sáenz Peña, Lima. Y ya no se donde bajarme. Porque no se como despedirme.
En Buenos Aires, siempre es hora pico. Las puertas del subte dejan entrar y salir gente. Sin excusas, suelta las manos y brinda otras. Y entre un oficinista y una estudiante de derecho, desapareciste. La lucidez, entre parpadeo y parpadeo, me dice que no eras vos. Acá todo el mundo ladra, y a vos te asustan los perros. Vos no eras. Si a vos te gusta ir sobre el empedrado de Montevideo, y en el subte se va por debajo. No, no eras vos. Acá, sacan boleto las mujeres terrestres y vos, sabes volar.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Cruz Roja

"Cruz Roja" de lu6fpj Facundo Fernández, en Flickr

Mientras cruzaba la niebla y la arena del stand de Siria, recordaba como es que había dado con el misterioso mapa. Fue el encargado del edificio, quien me dio el dato en el ascensor, en un viaje de planta baja al quinto. La existencia de un mapa, el dato del tesoro buscado por todos los hombres, la gran cruz roja, y pocos detalles más para emprender la inmediata búsqueda.
Ya subiendo por Laprida, recuerdo los riesgos que enfrenté de cara a aquel beduino. Las indirectas acerca de mi objetivo, la negativa a primera instancia del vendedor, y la compra de una ensalada de frutas para que accediera al intercambio. Antes de salir de las Colectividades, el tipo me aseguro que el mapa traía grandes penas consigo, que muchos marinos habían estado tras la gran cruz roja y nunca más se había vuelto a oír de ellos.
Nada me importaba. Apurando el paso hacía la cruz indicada, mi corazón se salía del pecho. Podía ver en mi mente otra vez su cara. Esa cara que me quitaba el sueño una y otra noche. Le diría con detalles como fue que volví a dar con ella. De este ajado mapa, del beduino, de mi viaje por Siria, de esta noche de calor. Practicaba las palabras justas, no podía dejar nada al azar.
A unos metros del lugar indicado, volví a ver el mapa. 1553. Golpee la puerta y tras unos eternos segundos, una pálida anciana, abrió lentamente. Sin comas y de una exhalación, me presente, agité como un loco la amarillenta cartulina y trate de invadir el amurallado lugar.
La señora comenzaba a hablar. Parecía saber el guión, de otras veces. Daba la impresión, de haber estado en esa escena eternamente.
Puso su mano en mi hombro, y juró que no iba a mentir. El stand, no existía. Era atendido por cordobeses. El mapa, se podía comprar arriba de cualquier 145 junto a una birome mágica, o un destornillador. Ese lugar marcado por la cruz roja, era efectivamente la Cruz Roja, y el tesoro que roba mis noches fue secuestrado hace seis años.
Volviendo por Pellegrini, tiré el mapa en un cesto. Sacudí la arena de mis zapatillas y maldije mi nombre.

martes, 11 de noviembre de 2008

Plaza Sarmiento

"Plaza Sarmiento", de gataflora's photostream, en Flickr

Confirman los mozos del bar “Los siete billares”, que uno de los suicidios preferidos por los rosarinos es cruzar la plaza Sarmiento de madrugada. Alrededor de las pocas farolas que alumbran siniestramente el lugar, entre sus árboles habitan vagabundos, borrachos, pequeños rateros y hombres abandonados. Aguardan por sus victimas de ocasión. Son tan parte de la estación céntrica, como el puesto de comidas, el mal humor de los colectivos, su fuente, o el mismísimo olor a baño del lugar.
Advertidos de su suerte la gente gambetea pasar ahí, como quién esquiva un trámite en alguna administración pública. Entonces, la fauna del lugar pasa el tiempo compartiendo el vino, soñando besos, envidiando amores ajenos o recordando viejas navidades.
Cansados de ir y venir. De agotar días. De mirar el piso. Todas las noches se buscan en la plaza Sarmiento. Están esperando cualquier colectivo, que los deje bien.