miércoles, 1 de octubre de 2008

Llueve.


La doña lleva las bolsas del supermercado y apura el paso. En la esquina, tomando una coca, un grupo de chicos intentan adivinar en que charco finalmente la señora, tropezará.
Las palomas que habitualmente giran por el cielo del centro, ya se encuentran protegidas, entre las viejas columnas de una casona de calle Santiago, que supo ser pensión de inmigrantes.
En la esquina de Santa Fe y Mitre, esperan el 115. El clima es perfecto, para invitarla a ir por un cafe. Le pide disculpas por anticipado, pero siente la obligación de cuidar las botas nuevas de ella, que acepta el cafe, y la infantil excusa.

Un abuelo viudo aprovecha y saca sus plantas al balcón. Sonríe. Como si alguien lo mirara de lejos. Siempre lo va a estar mirando, este donde este.
En la iglesia de San Luis y Mendoza, un mendigo comparte frazada con dos perros. Todos duermen a salvo.
Hay una madre que deja faltar a sus hijos al colegio. Se quedan hablando hasta las once en la cama. Juegan, cantan a los gritos y el olor a tostadas, invade la casa.
Preocupada por su primera cana finalmente decide enfrentar la realidad, y saca hora en la peluquería de calle Corrientes, que desde atrás de la ventana nunca lucio tan linda, casi sin gente.
Desde el último domingo llueve en Rosario. Con el olor del empedrado mojado, la gente busca refugio de las gotas. De las pequeñas historias de la calle, no hay paraguas que nos salve.

domingo, 21 de septiembre de 2008

The Plan.

http://www.skyscrapercity.com/showthread.php?t=395396


El plan era realmente ambicioso. Luego de innumerables reuniones en las grises tabernas del lugar, los antiguos vecinos fueron quiénes más presionaron para reflotar la idea.
Ante aquellos viejos empleados del ferrocarril inglés, a los más jóvenes no les quedó otra opción que acatar. Son más de ciento veinte años lo que esperó este proyecto en algún cajón del barrio más londinense de la ciudad, y lo que fue una utopía para los primeros habitantes de este poblado, hoy era la reivindicación de la corona.
Contaban sin duda con el apoyo del gobierno inglés, o de la policía secreta. Experimentados en este tipo de invasiones, desde las más altas esferas del Palacio de Buckingham, solo pedían tranquilidad. “La ansiedad los dejará con las manos vacías. Es el detectar el momento indicado, lo que llevo nuestro imperio adelante. Son hijos de la Corona, y su triunfo será el nuestro. Buena suerte”, cerraba la misiva enviada y firmada por un asesor de la reina.
El conflicto del campo, dio la señal. Rápidamente, en el Batten Cottage y el Morrison Building, aprovecharon el desvío en la atención de los pobladores locales. Las noches previas se hacían eternas. Imaginaban un Monumento entre la niebla, un río gris. Cúpulas y bruma. En pocos días pusieron en marcha el plan, destruyeron la evidencia, y sobornaron con libras esterlinas, a los carteros que habían escuchado algo del tema.
Hoy mientras la mayoría de los rosarinos maldice el humo matutino en la cola de los bancos, donde nace avenida Alberdi, hay un puñado de ingleses que sonríen.
Después de mucho tiempo se levantan temprano, y beben té. No se cansan de respiran profundo y se sienten como en casa.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Madrugada


Hace tres horas, que ya es miércoles. Enumera en silencio cuanto le resta por dormir, y el ejercicio lo desvela aún más. Solo para complicar, repasa la rutina de mañana. Imagina escenas perfectas, discusiones frente a su jefe en donde esta vez, es su grito el que pone el punto final. Le sobra noche y calcula con regla de tres simple, sus probabilidades matemáticas de quedar encerrado en el ascensor con ella solo los minutos suficientes. Cambiará su historia, tachando algunos días, y sumando horas a otros, que no tendrían que terminar nunca. Tomará otras decisiones. Imagina los brazos en donde va a morir.
Sabe el destino de estos planes vampiros.
Morirán con la luz del rutinario día, atravesada en el pecho.
A cinco pisos de su cama, un reproche se escucha por Catamarca.
Ya testigo en el balcón, escucha acercarse a alguien desde el lado del río. Primero el lamento, después la sombra, y finalmente el cuerpo. (“¿¿¿…Que nos pasó…que nos pasó…???”). A esta hora, es pleno dueño de la calle y de sus lamentos. Arrastra los pies, el dueño de la calle.
Sesenta años. O más. O menos. Tiene barba canosa y eso siempre desorienta. En la esquina con Entre Ríos, se detiene ante el enemigo en construcción.
Levanta la vista y su voz retumba en la noche, y en el gris de la estructura:
“… ¿Que nos pasó…que nos pasó…si yo te esperaba siempre en este bar…que nos pasó? Si todavía te espero en esta esquina...Me estas enterrando vivo, ¿te das cuenta?...me estás enterrando vivo…date cuenta, por favor”.
Silencio. Caminó un par de pasos y giró para decir algo más, pero no lo hizo. Unos metros antes de llegar a Corrientes, seguía moviendo la cabeza como un péndulo. Al mismo tiempo se pasaba la mano por la cara.
Desde el balcón se dejó de ver, y el sol...el sol sicario se niega a salir.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Arpa

Sinfonías Urbanas, de juannypg´s, en Flickr.


Algo más de diez millones de pesos, es el costo estimado por la municipalidad de la ciudad, para las reformas arquitectónicas de la peatonal Córdoba.
El cambio de baldosas, el adiós a las antiguas cabinas telefónicas y la desaparición de los pequeños bancos y sus antiguos jubilados, trajo a la ciudad un par de días con comerciantes quejándose por los costos y concejales defendiendo la inversión.
La gente camina apurada por el flamante empedrado. Va esquivando escombros y tristezas. Obreros trabajando y miradas.
Cerca del anochecer, el sonido de un arpa. El ritmo de Córdoba se vuelve una película italiana de los años treinta. Alguien grita acción y sin maquillaje, los payasos gigantes, los ángeles de lata, y los locos de siempre, se vuelven personajes, improvisan un guión.
Resulta conveniente, que la historia transcurra en blanco y negro.
Los grises empleados de oficina, la telefonista del banco que quita el sueño y los extras de ocasión saltan a escena. Todos cumplen el papel asignado a la perfección.
A ella y su arpa, poco le importan los millones que costaron las tablas del escenario que hoy ocupa, y toca sus piezas con ojos cerrados. Como suele ocurrir en esta clase de espectáculos, el programa de cada noche se financia a voluntad y por fin en la ciudad, aparecen las monedas.
Y aunque la rubia de falda bordó, parece ser una mujer joven, ella esta más cerca del arpa, que de la guitarra. Como pasa a veces con las ganas.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Bomba.



Duele la espalda. La mochila ya esta cargada, y no se puede perder en algún aeropuerto o pedir una ayuda por su peso. No se puede abandonar. Se camina, se duerme, se vive con ella. Lleva el explosivo, el de todos los días. Que estalle es cuestión de tiempo.
No es ningún loco con turbante, el que dio la orden. Es el café con gusto a humo de todas las mañanas, es la ceniza en el cielo, y el fuego sobre el río.
No se encuentran iniciales de TNT en la dinamita de la mochila. Esta vez, son los días en que vivimos, el cargamento. Son los piquetes, las marchas, los accidentes en circunvalación. Las discusiones. Contra la radio, los precios, con los jefes de la falsa sonrisa, en los semáforos, con los profesores que nunca fueron estudiantes en la universidad del paro.
La mochila nos hace transpirar, y ante cualquier ruido, cerramos los ojos y nos preparamos para el final. Nos pesa. La inflación, lo que pagamos en el supermercado. Los que pagamos. Los platos rotos, los miedos ajenos, los errores propios.
El peso hace recordar todo aquello que se extraña. Esa risa, ese abrazo, esa charla. Se extraña. A doce mil kilómetros, a cuatro horas y a tres cuadras. Se va a seguir extrañando, el peso no se va.
Todo el mundo mira, y entre el griterío se espera la señal. Es imposible, transpiran las manos, mientras se hace esfuerzo por escuchar. Hay bocinazos, insultos, camiones de la basura, obras en construcción, veredas en destrucción. Discursos frente a aplausos pagos, suicidas ahorcando sueños en la plaza de la catedral. La policía sabe que es lo que cargo en la mochila.
Un padre muere ante los hijos. Siempre juró que ante una situación así, les daría todo y no se resistiría. Para los dueños de la vida, todo es nada. Disparan, y se van.
La mochila es insoportable, y de todos los días. Va a explotar. Y como la joven en Irak, buscamos desesperadamente, esa persona que con una mirada, nos la saque de encima.
Se sabe, por la calles de Rosario, que el mismo viento que despeina rubias, es el mismo que levanta el polvillo del desierto, en los caminos bombardeadas de Baquba. Es viernes y ella se queda hablando hasta tarde conmigo. No lo sabe y, sin hacerlo, toma la pinza y entre la maraña de cables, conoce de memoria cual es el que debe cortar. Como en las películas. Como en el último lunes de agosto, de aquel lejano Irak.

martes, 12 de agosto de 2008

Fieras




Por suerte, insistencia o buen tipo, Maximiliano Rodríguez es jugador profesional de fútbol.
Hoy, por suerte, insistencia o buen tipo, logró que el Atlético de Madrid, club español en donde juega, donara al Hogar de Madres Solteras de Rosario, más de medio millón de pesos.
Los taxistas se acuerdan de un gol a México, en el último mundial de Alemania, para hablar de “La Fiera” Rodríguez, mientras que las madres solteras del hogar en cuestión, sueñan con que sus hijos pateen una pelota como él.

miércoles, 6 de agosto de 2008

A la oficina.



Es cerca de las dos de la tarde, y esta sentado en la barra de un bar. Con una mano apura el último bocado mientras que con la otra, sostiene la corbata evitando lo que tarde o temprano llegará. Las manchas de aceite no salen.
Pasa a la última pagina del diario Busca el horoscopó. Espera la señal cósmica. Simula tranquilidad. No hay tiempor para digestión, sabe lo que va a venir. Pagará, guardará el cambio, y a hacer el ridículo nuevamente. Otra vez la maldita galería comercial, la mejor cara de sorpresa ante la oferta de jabones con forma de frutas, y a rezar por un cruce de miradas desde atrás de la vidriera.
Del otro lado del mostrador, ella. Es rubia, perfecta, y murmulla por lo bajo cuanto odio le tiene a los lacanianos. Mientras los anteojos de marco tan negros como gruesos, hacen equilibrio sobre su nariz, marca una frase sobre un viejo apunte de psicología. Solo se detiene para imaginar un podio con los trabajos más aburridos del planeta. El suyo ocupa el tercer lugar y planea huidas al sur. De ninguna manera se entera del tipo de la corbata manchada.
El, que desde hace veintidós días reconoce esa vidriera de memoria, finge entusiasmo ante la oferta de los jabones-frutilla y huye por vigésimo tercera vez, con las manos vacías. Tras mirar su reloj dejará la cuestión en las manos de un, “por ahí, mañana”.
Se irá caminando con la cabeza en cualquier lado rumbo a la oficina. Mirará el nombre de la galería, y amenaza con agregar la palabra “infinito”, al final del verde cartel luminoso.
Al salir, chocará con otro hombre. Con el traje recién planchado, afeitado y perfumado, este ingresa casi corriendo a la galería. Se detiene en el farma shop. Su destino pasa por una caja de curitas, al lado de unos quita esmaltes en oferta.
Dentro del local, una morena habla por teléfono.