viernes, 13 de mayo de 2011

San Casillas




Yo también fui Casillas campeón del mundo
un fin de semana en Madrid,
y te metí de y por fiado
un par de besos que dejaron santa
la Fuente del Ángel Caído que nunca vimos,
en el Retiro
de tropas
y de declaraciones de guerra.

Yo también fui Casillas, el pibe de la tapa
paseando la copa del mundo,
por los Jardines de Sabatini
para que la vieran los turistas, y se le caigan las medias
a los maniquís del Corte Inglés
que piden una mano al de seguridad
para refregarse los ojos
porque no creen
y otra mano
para rascarse la espalda,
porque no llegan.

Yo también fui Casillas, premio Zamora, valla vencida
y volé de palo a poste doce horas,
cinta de capitán sin carabela,
se fueron al caribe
la Santa María y la Pinta,
me dejaron la Niña
naipe marcado en la Barajas
porque el clima no es para ella.

Yo también fui Casillas, y firme autógrafos
con guantes de gato y el uno en la espalda
a todos los pasajeros del metro.
Para Paco, con cariño.
A Jorge, con envidia.
A Angeliyo, buen viaje,
desde Sol a Menéndez Pelayo.
Firme hasta que viniste vos sonriendo,
con el tratado de paz en Arial diez,
y justo ahí, me quedé sin tinta.

domingo, 8 de mayo de 2011

Rosario Mínima (y otro libro dando vueltas por ahí)

http://www.bubok.com.ar/tienda

Quizás sea mañana, cuando agentes del orden público toquen a sus puertas. Seguramente, con voz intimidante los hagan complices de este crimen letrado. Mientan. Mientan y juren por lo más amado que nunca, nunca en sus vidas han oído hablar de Rosario Mínima. Pero mientan bien si es que no quieren tener problemas con el orden público. Porque en mi barrio se sabe bien que son ustedes, los grandes culpables de este humilde caminito de tinta. Y sin ir más lejos, se los agradezco muchísimo.
Arte de tapa a cargo del arquitecto Cesar Mosca.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Madrid


En El Rastro de Madrid


Las torres Kio inclinan más sus cuerpos producto de un grupo de contadores que a diestra y siniestra se asoman para verte cruzar el Paseo de la Castellana. De los pisos más lungos caen balances y facturas siendo esta, la última nevada del invierno en la capital.

Madrid, que en planos se divide en mil calles, angustiosamente se parte en dos. En la superficie un trío acústico canta temas de REM. Colgadas van sus guitarras criollas y sus sonrisas europeas. La gente que no habla de Japón/Libia/Alemania, acompaña fijando al suelo el talón del pie derecho, levantando intermitentemente la punta del mismo infinitas veces. Brilla el sol. Debajo, en el último asiento del último vagón, de un Metro que no va a ninguna parte una morena canta boleros de Manzanero. Sus jeans -apretado como su presupuesto-, distrae a un hombre que cuenta miserias y monedas. Por el lento vaivén o por el trabajo semanal, una profesora duerme.

El domingo bien temprano -cuando peluqueros terminan de quitarle los ruleros a la Cibeles para comenzar una nueva sesión de fotos-, la misa se celebra en El Rastro de Lavapiés. Allí, los inciensos religiosos, son sabor a café y tortillas mientras que las velas se le encienden a Cristiano Ronaldo, patrono del regateo. Las procesiones son largas y bulliciosas. Los pecados se limpian a besos, ejercicio que hace vomitar a un obispo.

Entrada la madrugada, mientras los barrenderos terminan de sacar lustre a la Gran Vía, una simple camiseta colgada en un balcón, enferma de insomnio a la ciudad.

domingo, 3 de octubre de 2010

CCC


Los de la Defensoría del Pueblo continuaban atrincherados, atrás de un muro de termos y galletitas de agua. Desde la casona del pasaje Álvarez, se quejaban como si no tuviesen nada que ver. Hasta que los de la Corriente Clasista y Combativa no desalojen la plaza, nosotros no trabajamos. Y se levanta de su sillón. Sacude unas migas de su camisa mal planchada. Va a poner agua para el mate por tercera vez en la mañana. En frente, la Plaza Pringles era un campamento y no todo el mundo sabía bien porque.
Pasa una mujer mayor que iba a la peluquería y escupe cosas como, toda esta gente acá, que cosas hay que ver, que alguien haga algo. Y yo, que venía pegadito a la pared porque llovía poco o la mujer escupía mucho, le digo que empezaron las Fiestas de las Colectividades. Entonces cruza esquivando gente a la plaza. Ofrece unos cincuenta y dos pesos por una bandeja de guiso de ayer. Inmediatamente, se calza un poncho que estaba colgado al lado de una fuente. Se lo quiere llevar, y pela una Visa Golden.
Otro vecino se baja indignado del auto porque la municipalidad puso un baño delante de la cochera. Fueron tantas las puteadas de este bigotón, que abandone urgentemente mi escritorio. Suspendí todas las reuniones. “Llegó la primavera y estos pibes quieren vivir de picnic toda la vida, usted ha sido joven también, mi amigo” Y el tipo me palmea el hombro, se prende en un partido donde un arco esta en calle Roca y el otro en Paraguay. Dice que no se divertía así desde que se caso con su señora, que no para de tocar la bocina del coche a unos metros de la mitad de cancha.
Y por último, la vieja de los tacos altos que saca a pasear a su perro. Vestida para boda. Y que Duque no puede ir a mear al árbol donde mea desde hace diez años porque están los negros de la carpa. Y que ella paga los impuestos. Y que a estos, les tiras un pico y una pala y no queda ninguno. “Señora, la navidad esta a la vuelta de la esquina. Precisamente ahí nomás ya montaron un pesebre viviente. Fíjese bien, si hasta la palmera, es la estrella de Belén”. Y la vieja pasa por adelante. Se persigna tres veces. Se arrodilla a rezar.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Bienvenida


La primavera baila con pies descalzos por las veredas recién baldeadas de la ciudad.
Se ve en los basureros que abandonan sus puestos de trabajo en la calle, para besar colegialas en el día del estudiante. Pelo largo. Y falda corta.
El lustrabotas de Corrientes y Córdoba, dibuja margaritas en los zapatos de los tipos que entran al edificio de la Bolsa de Comercio. Cuando los clientes de corbatas italianas dejan de mover dólares por celular, se dan cuenta y no le quieren pagar. El lustrabotas artista y jardinero, les grita que pongan los zapatos al sol y los rieguen. Por la mañana y a la nochecita.
Un taxista apaga la radio. Apoya su codo en la ventana. Pide permiso y se prende un porro.
La estatua viviente renunció a su trabajo. No pasa más de cinco segundos en su pequeño altar, que empieza a reírse a carcajadas y abraza a todo aquel cristiano que pase caminando. Salen todos manchados de blanco, por Córdoba. Si alguien acerca una moneda, les invita con vino.
Hoy estoy tan seguro que vendrás a vivir esta primavera mínima, que ni el péndulo del reloj en la Torre de los Ingleses, se atreve a contradecirme.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Primer Piso

Mitre 411

Cuando el solcito de la mañana, empieza a calentar sus cuerpos, ellas asoman al balcón. No se sabe con certeza si son primas o hermanas. Vecinas, quizás.
Abajo, los obreros de la oficina ganan la calle y se van a morir atrás de un escritorio. Entre folios, biromes que nunca funcionan y un teléfono. Recién planchados de pies a cabeza. Quizás, no vuelvan a sus hogares.
Ellas los piropean.
Si algún caballero se da por aludido y levanta la vista buscando el cuerpo de la voz, las tres se hacen las distraídas y miran para otro lado. Después se señalan una a la otra, con cara de sorpresa y se ríen a carcajadas. La pelirroja es la peorcita de todas, dicen las viejas. Siempre con uno distinto.
Todos van con la oreja parada por Mitre. Campaneando para arriba.

domingo, 12 de septiembre de 2010

La huida

Teatro El Circulo, sábado 4 de septiembre.

Eco de último aplauso, y Serrano que abandonaba las tablas. Su sombra se hacía una, entre las sombras más oscuras que nacen en el futuro, en la incertidumbre o en la parte de atrás del telón de El Circulo.
Un técnico ganó la escena. Volvió a enfundar la guitarra, que todavía olía a pólvora. Otro, desconectaba luces y el sonidista robaba el último número de teléfono de la función, a una desprevenida rubia de fila tres.
Dos empleados de limpieza, caminan entre las butacas del teatro ya vació y en silencio. Iban y venían. Uno encontraba cosas. Una bufanda con perfume de mujer. Un par de anteojos. Un celular. El otro barría despacio. Silbaba. Se detiene ante un papel abollado. Apoya la cansada escoba sobre la pared y desparrama su cuerpo sobre la butaca 354. Extiende el papel sobre sus piernas. Eran los planos de una huida.

sábado, 29 de mayo de 2010

Locos

La Patria, de Lola Mora

Se escapan los locos de la residencia de calle Santa Fe. Agarran Córdoba y caminan rápido y con pasos cortos. Entre las miradas de los que toman café y las mesas de los barcitos. Entre esas dos cosas, caminan rápido.
Pasan del viejo edificio del Correo, porque ya nadie les escribe. Pasan también de la Catedral, porque ya nadie les reza. Se sientan al lado de La Patria, de Lola Mora.
Uno le promete llegar a caballo y llevarla a cenar a un lugar limpio. El otro promete volver mejor peinado y sacarla a bailar. Se putean entre ellos.
Cuando los turistas llegan al Pasaje Juramento con cámaras, botellas de agua mineral de litro y sombreros extraños, los locos le piden monedas y cigarrillos.
Las monedas son para comprar un abrigo a la inmóvil amada. Para que el otro no le mire las tetas. Los cigarrillos, para fumar abajo del agua que los separa de ella.

domingo, 14 de febrero de 2010

Homenaje.

San Lorenzo y Paraguay, hoy por la tarde.
La idea había surgido de un viejo artesano del barrio Pichincha. Cansado de escucharte nombrar y no verte. En los ámbitos más selectos de la escena cultural, o entre las mesas de los bares más oscuros de la ciudad. El monumento a la mujer que roba las noches, se levanta en la esquina de San Lorenzo y Paraguay.
Te capto con cincel. En tu habitad, allá en la altura. Colgada de los techos del insomnio. De aquellas habitaciones, en donde nunca dejaron de soñarte. Los que te tuvieron en los brazos.
Te recreó a escala. En peso, estatura y alma. De piedra, como alguna vez te dije. Y siempre al borde del precipicio.
Camino todos las noches rumbo a tu mezquita ardiente. Y soy uno más, entre todos aquellos fieles que lamentan no ser la voz que reconozcas familiar al otro lado del teléfono y te robe una sonrisa. No saltes sin mí. Y también nos sentimos inútiles. Porque no son nuestros, los brazos que te aguardan si es que algún día algo, te hace caer en la duda.
Llega el amanecer y los gerentes que van al banco, nos esquivan con asco. Varios se despiertan sobresaltados. Yo termino mi ofrenda de tinta y más allá un señor mayor, sacude la espalda de su abrigo. Otro mira su reloj, y aquel sobre la puerta dobla una vieja frazada, te hecha una última mirada y se pierde entre la gente que espera, para cruzar la calle.
La noche llega al fin y aquellos que decidieron pasarla en tu esquina y soñarte en vivo, vuelven a su vida de oficina, café y reuniones con desconocidos. Y ojeras.
A modo de despedida, te ofrecemos como siempre el colchón de pétalos. Puede ser que en esta gris mañana, decidas por fin saltar. La esquina ya esta ocupada por el vendedor de flores. Y quizás hoy, nos ofrezca una rebaja.

sábado, 30 de enero de 2010

Gardel


Gardel nació dos veces. Una, la oficial, fue el 11 de diciembre de 1890 en Toulouse, Francia. La otra, más de entre casa e hija del rumor con el que se construyen las buenas historias, en Tacuarembó algunos años antes. 1887, uruguayo.
A los dos años y medio ya jugaba por las calles del barrio del Abasto. Porteño y caradura. En 1923, se nacionalizo argentino y diez años después llego a Rosario. Colmó las localidades del teatro Broadway y al finalizar el concierto, fue agasajado por la Alianza Francesa en la ciudad.
Allí, en plena cena, creyó volver a ver a Ana, a quién ya había vislumbrado sentada sobre un sector de la platea, junto a la hija del embajador francés y sabe dios quién más. Movió algunas sillas, tomo dos copas y se acercó hasta donde estaba ella. Le ha gustado el concierto. ¿Usted canta? Me pareció verla en la platea. No era yo. Disculpe, no quise molestarla. Deje la copa, por favor y siéntese, que estas fiestas suelen ser muy aburridas. ¿Así que usted canta?
Hablaron y rieron. El, mostro sus títulos y ella se mantuvo indiferente. De vez en cuando se quitaba el pelo de la cara y eso a el le gustaba. Hablaron y rieron. En esa hora en que nadie se acuerda de nadie y los mareados se llevan abrigos con los que no llegaron, se escaparon del lugar.
Caminaron por Laprida hasta el rio y el insistió en acompañarla hasta la casa. Por la calle Salta, algunos trasnochados que andaban por ahí, lo vieron pasar. No, no podía ser el. Otros, ante la duda lo saludaban y el respondía amable. Adiós muchachos. Buenas noches señora. Aquí, acompañando a la señorita, que no son horas para una mujer bien, verdad?.
Se detuvieron frente a la puerta de un pasillo de calle Jujuy. Casi llegando a Callao. Allí, el cantor de los cien barrios porteños, volvió a ser un pibe. Y enamorado, prometía más conciertos en Rosario. Cantar, todas las noches en el Broadway. Infinitamente, hasta que usted, Ana me acompañe. Aunque no venga nadie y me quede sin voz. Hasta que mis músicos renuncien y los diarios olviden. Gratis, en esta misma calle. Ana, venga conmigo.
Un farol de luz se prendía y apagaba con el viento.
Ana sonrió. Balbuceo que era tarde y que su padre debía estar preocupado. Ante el beso final, corrió la cara, apoyo su mano en el hombro de Gardel y le dijo que se vaya. La comprometía.
Gardel murió dos veces. Una en 1935 en mitad de una gira por el Caribe, en el Aeropuerto de Medellín, el 24 de junio de 1935. Los que lo conocían, aseguran que fue antes, en 1933 después de un concierto en Rosario. Bajo un farol que se prendía y apagaba, una puerta se cerraba.

martes, 12 de enero de 2010

Penumbras.


Mientras el gerente de la Empresa Provincial de la Energía le echa la culpa al tiempo y a los peligrosos efectos que produce el calor en los generadores de alta y media tensión de la ciudad. Mientras que el Intendente intenta llevar tranquilidad a los ciudadanos y prometer que el servicio energético volverá con normalidad "deunmomentoaotro". Mientras que los vecinos se quejan del calor, llenan las calles de puteadas y linternas y más puteadas y los diarios ya amenazan con el cronograma de cortes de luz prolijamente separado por zonas, un grupo minoritario de hombres, reza.

Reza este grupo de románticos. Y enciende velas sobre una mesa con dos copas y vino tinto. Porque ella, esta a punto de salir de la ducha y la cena esta casi lista. Ruegan porque el corte, dure algunas horas más. Y también, ensayan oraciones. Para que el nuevo dios Gitano, les conceda "Porque yo te amo". En esa pequeña radio a pilas. Cubierta de polvillo. En el último estante de la cocina.

martes, 18 de agosto de 2009

Fuego.

Silencio! Hospital... by Emi, en Flickr

En Paraguay 40 se encuentra el Sanatorio Británico. Allí funciona en Rosario, el centro de atención a heridos por el fuego más complejo de la ciudad. Es el Instituto del Quemado. Todos los días, los médicos del lugar atienden diferentes accidentes. Heridos. De un incendio en zona sur, la explosión de una maquina en Acindar o un accidente doméstico.
Hubo una noche en que llegué hasta el lugar. Golpee la puerta de la oficina de guardia.
Herido otra vez.
Es que intente acercarme demasiado. A ella.


martes, 4 de agosto de 2009

Tobas



El chofer ponía sus ojos en un espejo con la cara de Garfield. Su voz, en el pasillo. Atrás hay lugar. Y las quejas se movían pesadamente, habitando unos cuerpos abrigados que no entran en ninguna parte. Sobre la puerta de adelante, asoman dos mujeres tobas. Y un niño. Dos mujeres tobas y un niño, cubierto con muchas frazadas de colores. El niño lloraba y su llanto fue sirena. Se abrían paso estas dos mujeres y el pequeño, entre tanta bolsa del supermercado, mochila de escuela y cartera de mujer paqueta.
Imagino que eran madre e hija. O abuela y madre a partir de anoche. O la noche anterior quizás. Era la esquina de la Maternidad Martín. Donde empieza la vida.
Poco habituado a esto de viajar apretado, el niño no paraba de llorar. Quizás, unas seis calles y la señora paqueta empezó a molestarse, mirando fijamente a la joven madre, esperando que apague al recién nacido. Como un celular en una reunión importante.
Siete calles más y la abuela toba comenzó una canción. Una canción de cuna. Y era tan dulce ese cantar despacio de la señora, un poco tarareando y otro poco en su lengua original, que todo se volvió silencio. El bebe se durmió entre sus frazadas de colores y por las ventanillas de este 142, entró el sol de los domingos al mediodía. Aunque es jueves, hace frío y esta oscureciendo.
El resto de los pasajeros, veían pasar las esquinas donde debieron bajar con una extraña melancolía. A ninguno se le ocurrió mirar el reloj. Nadie abandonó ese colectivo durante el cantar. Nadie se animaba a tocar el timbre. El chofer hizo su recorrido lento. Eterno.

Descendí por la puerta de atrás como lo indica el cartel. Dos paradas después que la nueva familia. Como lo indicaba el momento.
Hay días, que el boleto de la ciudad es el más barato del mundo.

jueves, 23 de julio de 2009

23 de julio.


A todos los que vienen siguiendo este humilde caminito de tinta, muchas gracias. Un año ya, con la misma birome.

domingo, 19 de julio de 2009

2 años




Mal, pero acostumbráu.

jueves, 16 de julio de 2009

Invierno.

Foto de Pablo D. Flores, en http://upload.wikimedia.org/
El frío abre a patadas la puerta de la Bolsa de Comercio. Esquiva los manotazos de los hombres de seguridad del edificio, y escapa. Baja los escalones de la esquina de a dos, a los saltos. De a poco se hace dueño de la ciudad. Por esta invasión, migran las aves, los mendigos de la plaza Pringles y los vendedores de helados en bicicleta.
Por Presidente Roca, Paraguay y Corrientes caminan ojos. Si, ojos. Perdidos entre tanto abrigo negro, marrón y azul oscuro. De los árboles caen las últimas hojas y de los edificios los últimos suicidas.
Cuando ya se pierden las esperanzas y solo queda esperar la fría muerte, Borsalino anuncia sus rebajas de temporada en botas. Entonces, las secretarias, abogadas y telefonistas del banco salen contentas con sus bolsas gigantes, llenas de zapatos nuevos. Y sonríen tanto, que sus risas derrite el hielo de la peatonal. Y uno que iba caminando por ahí, tiritando, no puede dejar de acercarse y frotarse las manos delante de ellas. Dicen los viejos, que el calor que se logra, es el de todas las camas del mundo los lunes, cuando se esta a punto de abandonarla. Ese es el calorcito que largan estas mujeres, felices por las rebajas de Borsalino.
Y sino supiera su respuesta de antemano, le digo. Confieso que me llevaría conmigo, a esa rubiecita que camina rápido por Córdoba. Mirándose de reojo en todas las vidrieras y arreglándose el pelo. La llevaría a mi casa, porque el invierno es largo. Y aumentó el gas.

miércoles, 1 de julio de 2009

Ah1n1.


El vigilante de la esquina ya me lo había comentado en la pizzería del barrio, la noche de San Juan. De a poco, la noticia empezó a hacer ruido en medios locales.
Los misteriosos asesinatos ocurridos en los últimos días, hicieron pensar lo peor en las máximas autoridades de la ciudad. Las pruebas recogidas por científicos forenses de la policía y la saña en los cuerpos irreconocibles, que iban llegando a la morgue municipal, solo mostraban un único camino. La Logia del Barbijo, había regresado.
Fundamentalistas de la salud. El origen de este grupo se remonta a la edad media, donde arrojaban niños mal formados a precipicios, o quemaban vivos a victimas de enfermedades que consideraban malditas. Con la creación en Ginebra de la Organización Mundial de la Salud, en 1948, muchos pensaron que el grupo de fanáticos se había disuelto. Los últimos hechos, demostraron lo contrario.
El jueves por la tarde, un 153 rojo se detuvo en avenida Pellegrini. El chofer logró escapar y refugiarse en un bar. Otros pasajeros corrían, lloraban o se desmayaban. Cuando dos miembros del comando radioeléctrico se acercaron cautelosos al vehículo, la escena era estremecedora. Una mujer había sido despellejada viva en el asiento de atrás. El motivo, un estornudo.
En el Coto de calle Urquiza un hombre y su pequeño hijo encontraron la muerte. Fueron lapidados con latas de duraznos y hongos. Y tomate. En cuanto el mayor intento sacar un pañuelo de su abrigo. En la plaza 25 de mayo, varios cuerpos aparecieron colgados de los postes de luz. A todos, se les había arrancado la nariz. Sin más.
Hasta ayer, el panorama de la ciudad, era desolador. Todas las estatuas, habían amanecido con un barbijo sobre sus cuerpos de bronce. San Martín en la plaza de Jefatura. Las imágenes de Lola Mora en el Pasaje Juramento, Olmedo en la estación Rosario Central y hasta el Che detrás de la cancha de Central Córdoba, en 27 de Febrero. Las farmacias, fueron saqueadas y la Catedral incendiada con algunos feligreses dentro. La esperanza es poca. Por Boulevard Oroño las parejas ya no caminan abrazadas y sus palmeras se mueren de soledad.
Escribo esto, sobre un pañuelo descartable y lo abandono en la mesa de un café. Tengo los ojos llorosos y los acodados en la barra comienzan a inquietarse. El cosquilleo en mis fosas nasales, anuncia el fin. El mozo me señala disimuladamente. Escucho el ruido de varias sillas que se arrastran a la vez. Sombras que se acercan violentamente. Si, son las mismas máscaras de las que hablaba el periódico. Vienen por mí.

domingo, 28 de junio de 2009

Cuarto oscuro.


Que triste el domingo en la ciudad. Sin fútbol y con elecciones. Más triste que el uniforme planchadito de un pibe del Colegio Ingles, que nunca tuvo hora libre en su vida. Que ni tocó el timbre, ni salió corriendo. Triste como la zapatería de Sarmiento y San Luis, atendida por dos viejos. Cerrada por duelo. Los fanáticos de Michael Jackson, rinden homenaje a su modo. Se ponen el barbijo, y salen a caminar por el parque Urquiza. Le echan la culpa a la gripe porcina. Que triste.
En la pared del baldío, en vez de encontrarme la promesa de amor de siempre, me veo enfrente de la foto del senador. Riéndose. Que triste este domingo.
Que ganas de entrar al cuarto oscuro, y encontrarte. Entre algunos bancos apilados en un rincón y boletas del Frente Cívico y Social. Peinándote. O preguntándome si podes usar mi remera, para salir de la ducha. Y yo, que había entrado al aula del Instituto San Martín. Solo. Con un sobre vacío en la mano. Saldría riéndome del presidente de mesa. Y de su triste cara.

lunes, 8 de junio de 2009

Otoño

“Nunca creas. Nunca creas este falso abandono”
Tengo demasiadas razones para creer que Benedetti se hizo árbol en la esquina de casa. Las hojas que se le caen están todas escritas y manchan con tinta la vereda. La gente camina con la vista clavada en el piso, escarbando con la punta de los zapatos el colchón amarillo. Pasan leyendo. Murmurando en voz baja. Después, llegan tarde al banco y pagan la luz vencida. A otros, el guardia de la oficina de correo les cierra la puerta en la cara. Porque trabajan hasta las tres, y punto.
El cirujano de la clínica en la esquina, despidió a la mujer que barre la vereda porque se niega cumplir con su tarea. A la mañana siguiente, ya desocupada, se queja en la radio. En el programa de Novaresio. Con voz finita le pide al señor Intendente que tome cartas en el asunto. Cada dos o tres oraciones a los gritos, repite un no puede ser. Que para eso lo votamos. Ni indemnización, ni nada. Que ponga más árboles como el de la esquina de mi casa.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Rosariazo - IV


Italia al 700. Ex sanatorio Palace. Actualmente, una clínica privada/R.M.


La idea era ingresar a la radio para leer una proclama. A la marcha compañeros. No les dieron aire. Había estudiantes de medicina, otros de Filosofía y Letras. Y Luis Norberto Blanco, que ahora agonizaba en el piso. Tenía 15 años y se había presentado en la manifestación espontáneamente. 15 años. Estudiante secundario. 15 años. Peón de una metalúrgica. 15 años.
El diario de hoy puso nombre a quien corría junto a el. Aníbal Reynaldo. Médico del Centenario. Participaba de la marcha, en representación de la Asociación Médica. Mientras trataba de socorrer a Blanco, aún con vida, la policía le seguía pegando. Entre algunas personas más, lograron llevarlo desde la puerta de la radio, al sanatorio Palace. En Italia al 700. Donde el chico moriría, en el umbral de la entrada. No los dejaron pasar a tiempo.